Hay personas que siempre están disponibles para los demás. Escuchan, aconsejan, resuelven problemas, asumen responsabilidades y ofrecen ayuda incluso antes de que alguien se la pida. Sin embargo, cuando son ellas quienes atraviesan un momento difícil, sucede algo curioso: no saben cómo pedir apoyo.
Prefieren callarse, quitar importancia a lo que les ocurre o convencerse de que pueden solucionarlo por su cuenta. A veces, incluso cuando alguien les ofrece ayuda sinceramente, responden de forma automática: «No te preocupes, puedo solo».
Detrás de esta aparente autosuficiencia puede existir algo más profundo: la vergüenza de necesitar ayuda, el miedo a convertirse en una carga o la creencia de que mostrar vulnerabilidad significa ser menos capaz.
Esta dificultad no siempre resulta evidente. Puede esconderse detrás de una personalidad responsable, una gran capacidad de trabajo o una independencia que los demás admiran. Pero, cuando necesitar apoyo se vive como un fracaso, la autonomía puede terminar convirtiéndose en una forma de aislamiento emocional.
En este artículo exploramos por qué sentimos vergüenza al necesitar ayuda, cómo se construye esta relación con la vulnerabilidad y qué podemos hacer para aprender a recibir apoyo sin cuestionar nuestro valor personal.
¿Por qué sentimos vergüenza de pedir ayuda?
La vergüenza de pedir ayuda aparece cuando interpretamos nuestras necesidades como una señal de debilidad, incapacidad o inferioridad. No se trata simplemente de preferir resolver las cosas por uno mismo, sino de experimentar malestar ante la posibilidad de que otra persona descubra que no podemos con todo.
La diferencia es importante. Una persona autónoma puede decidir afrontar un problema sin ayuda porque dispone de recursos suficientes. Una persona que siente vergüenza de necesitar apoyo puede rechazarlo incluso cuando está sobrepasada, porque teme lo que esa necesidad significa sobre sí misma.
Por ejemplo, alguien puede pensar:
- «A mi edad debería saber resolver esto».
- «Los demás tienen problemas más importantes».
- «No quiero que piensen que soy débil».
- «Si tengo que pedir ayuda, significa que he fracasado».
- «No quiero molestar con mis cosas».
- «Si dependo de alguien, acabaré decepcionándome».
Estos pensamientos comparten una característica: transforman una necesidad humana legítima en un juicio sobre el propio valor.
Así, pedir ayuda deja de percibirse como una conducta práctica y comienza a vivirse como una exposición personal. Ya no se trata únicamente de comunicar «necesito algo», sino de arriesgarse a que otra persona descubra una parte de nosotros que preferiríamos ocultar.
La diferencia entre sentir vergüenza y sentirse culpable por necesitar ayuda
Aunque ambas emociones pueden aparecer juntas, conviene diferenciarlas.
La culpa suele relacionarse con la percepción de haber hecho algo incorrecto o de haber perjudicado a alguien. Cuando una persona siente culpa por pedir ayuda, puede pensar: «Estoy quitándole tiempo» o «Le estoy creando un problema».
La vergüenza, en cambio, implica una valoración más global sobre uno mismo: «Soy una carga», «No soy suficientemente fuerte» o «Hay algo malo en mí por necesitar tanto».
La diferencia puede parecer pequeña, pero tiene consecuencias importantes. Mientras que la culpa puede llevarnos a reconsiderar una conducta concreta, la vergüenza puede hacernos cuestionar nuestra propia legitimidad para tener necesidades.
Además, ambas emociones pueden aparecer incluso cuando nadie nos ha rechazado ni nos ha reprochado nada.
En Mentecita profundizamos en estas diferencias en nuestro artículo sobre la vergüenza y la culpa y cómo trabajarlas psicológicamente.
De dónde viene la creencia de que debemos poder con todo
No existe una única explicación para la dificultad de pedir ayuda. En algunas personas predominan los aprendizajes familiares; en otras, las experiencias de rechazo, la autoexigencia, las normas culturales o el temor a perder el control.
1. Haber aprendido que ser fuerte significa no necesitar a nadie
En determinadas familias se valora especialmente la independencia, la resistencia emocional y la capacidad de resolver problemas sin recurrir a otros.
Mensajes como «tienes que aprender a valerte por ti mismo», «no llores por tonterías» o «la vida es dura y hay que aguantar» pueden transmitir enseñanzas útiles sobre responsabilidad. Sin embargo, cuando no van acompañados de disponibilidad emocional, también pueden favorecer la idea de que expresar necesidades es algo inapropiado.
El problema no está en enseñar autonomía, sino en hacerlo como si la necesidad de apoyo fuera incompatible con ella.
2. Haber recibido críticas o rechazo al mostrarse vulnerable
Cuando alguien ha sido ridiculizado, ignorado o criticado al expresar dificultades, puede aprender que mostrar vulnerabilidad tiene consecuencias desagradables.
Con el tiempo, evitar pedir ayuda puede convertirse en una estrategia de protección.
Por ejemplo, una persona que durante su adolescencia escuchó repetidamente «siempre estás exagerando» puede llegar a la edad adulta minimizando incluso problemas importantes.
No necesariamente porque crea que carecen de importancia, sino porque anticipa que los demás tampoco los considerarán legítimos.
3. Haber tenido que asumir responsabilidades demasiado pronto
Algunas personas crecieron ocupándose de problemas familiares, cuidando de hermanos, mediando en conflictos o intentando proteger emocionalmente a sus progenitores.
En determinadas circunstancias, estas experiencias pueden favorecer una identidad organizada alrededor de la responsabilidad y del cuidado de los demás.
Cuando alguien lleva mucho tiempo siendo «la persona que sostiene a todos», reconocer que también necesita ser sostenido puede producir una sensación de pérdida de identidad.
La pregunta deja de ser «¿quién puede ayudarme?» y se transforma en otra más dolorosa: «¿Quién soy si dejo de ser quien siempre puede con todo?».
4. Una autoestima demasiado vinculada al rendimiento
Cuando nuestra valoración personal depende fundamentalmente de lo que conseguimos, resolvemos o aportamos, reconocer una limitación puede vivirse como una amenaza.
La persona puede aceptar que los demás necesiten ayuda, pero aplicar consigo misma una regla mucho más exigente.
Esta contradicción es especialmente frecuente cuando existe un patrón de perfeccionismo o autocrítica: comprendemos las dificultades ajenas, pero interpretamos las propias como defectos personales.
Esta relación puede explorarse en nuestro artículo sobre autoexigencia, perfeccionismo y autocrítica.
5. Experiencias anteriores en las que la ayuda tuvo un precio emocional
No todas las dificultades para recibir ayuda proceden de creencias irracionales.
Algunas personas han tenido experiencias en las que solicitar apoyo terminó acompañado de reproches, humillaciones, exigencias de reciprocidad o pérdida de autonomía.
En estos casos, desconfiar puede tener una explicación basada en la experiencia.
Por eso, aprender a pedir ayuda no significa confiar indiscriminadamente en cualquiera. También implica desarrollar criterios para reconocer relaciones seguras, establecer límites y distinguir entre apoyo genuino y ayuda condicionada.
Cuando la autosuficiencia se convierte en una forma de protección emocional
Ser independiente puede ser una cualidad valiosa. El problema aparece cuando la independencia deja de ser una elección y se convierte en una obligación psicológica.
Imaginemos a alguien que atraviesa una etapa de mucho estrés. Tiene dificultades para dormir, se siente desbordado y apenas encuentra tiempo para descansar.
Su pareja le pregunta qué ocurre, pero responde: «Nada, es cansancio». Un amigo se ofrece a ayudarle con una tarea pendiente y rechaza el ofrecimiento. Piensa en acudir a un psicólogo, pero se dice que debería ser capaz de superar esa situación por sí mismo.
Durante unos minutos, evitar esas conversaciones puede proporcionarle alivio. No tiene que exponerse, explicar su malestar ni afrontar la posibilidad de sentirse juzgado.
Sin embargo, ese alivio inmediato puede reforzar un patrón de evitación:
- Aparece una necesidad o dificultad.
- La persona anticipa vergüenza, rechazo o pérdida de valor.
- Evita pedir ayuda y trata de resolverlo todo sola.
- Experimenta alivio por no haberse mostrado vulnerable.
- La dificultad para pedir apoyo se mantiene o aumenta.
Desde una perspectiva psicológica, este mecanismo resulta relevante porque evitar la vergüenza puede aliviar a corto plazo, pero también impedir que comprobemos si nuestras expectativas sobre el rechazo son realmente ciertas.
El miedo a ser una carga para los demás
Una de las expresiones más habituales de esta dificultad es sentir que nuestras necesidades ocupan demasiado espacio en la vida de otras personas.
Quienes experimentan este miedo suelen prestar mucha atención al bienestar ajeno. Detectan cuándo alguien está cansado, tiene problemas o necesita tranquilidad. Sin embargo, pueden utilizar esa sensibilidad para justificar que nunca es un buen momento para pedir nada.
Si su pareja trabaja mucho, prefieren no contarle cómo se sienten. Si una amistad atraviesa una mala etapa, deciden guardar silencio. Si un familiar parece preocupado, evitan añadir cualquier dificultad.
El razonamiento resulta comprensible: no quieren perjudicar a nadie.
Pero puede esconder una suposición problemática: que expresar una necesidad equivale necesariamente a imponer una obligación.
En realidad, pedir ayuda y exigir ayuda son comportamientos diferentes.
Podemos expresar lo que necesitamos y permitir que la otra persona decida libremente si puede ofrecérnoslo.
Por ejemplo:
«Estoy pasando unos días difíciles y me vendría bien hablar contigo. ¿Tienes un rato esta semana?»
Esta petición no elimina la libertad del otro. Tampoco convierte a quien la formula en una carga. Es una invitación a establecer una relación de apoyo desde el respeto mutuo.
¿Por qué nos resulta más fácil ayudar que dejarnos ayudar?
Hay personas que se sienten cómodas dando consejos, acompañando y cuidando, pero experimentan una intensa incomodidad cuando reciben atención.
Esta asimetría puede tener distintas funciones psicológicas.
Ayudar permite conservar una posición de competencia. Nos sentimos útiles, capaces y necesarios. Recibir ayuda, en cambio, puede confrontarnos con nuestras limitaciones y con la incertidumbre de depender parcialmente de otra persona.
Además, cuando ayudamos solemos controlar cuánto damos, cuándo lo hacemos y de qué manera. Al recibir ayuda, una parte de ese control pasa a depender de la disponibilidad ajena.
Por eso, algunas personas interpretan la reciprocidad de forma desequilibrada: consideran natural que los demás cuenten con ellas, pero creen que necesitar algo a cambio sería egoísta.
Conviene recordar que una relación equilibrada no implica intercambiar exactamente las mismas cantidades de ayuda. Significa que ambas personas pueden reconocer necesidades, expresar límites y encontrar formas razonables de apoyo mutuo.
La vergüenza de pedir ayuda psicológica
Una manifestación especialmente importante de este problema aparece cuando alguien reconoce que está sufriendo, pero siente vergüenza de acudir a un profesional de la psicología.
Puede pensar:
- «Hay gente que está mucho peor que yo».
- «Ir al psicólogo significaría admitir que no puedo».
- «No tengo motivos suficientes para estar así».
- «Debería solucionar mis problemas sin contarle mi vida a un desconocido».
- «¿Y si el psicólogo piensa que estoy exagerando?».
Estas ideas pueden retrasar la búsqueda de atención, incluso cuando el malestar está afectando de forma significativa a la vida cotidiana.
La investigación ha identificado el estigma asociado a la salud mental y a la búsqueda de tratamiento como una de las barreras para solicitar ayuda profesional. Una revisión sistemática de Clement y colaboradores (2015), que reunió 144 estudios, encontró una asociación negativa entre estigma y búsqueda de ayuda.
También se ha estudiado el concepto de autoestigma asociado a solicitar ayuda psicológica: la tendencia a juzgarse negativamente por necesitar atención profesional, como si acudir a terapia disminuyera la autoestima o la propia competencia (Vogel et al., 2006).
No obstante, es importante distinguir entre vergüenza y otras barreras reales de acceso, como el coste, la disponibilidad de servicios, la falta de información o experiencias anteriores poco satisfactorias con profesionales.
Acudir a terapia no exige estar al límite, recibir un diagnóstico o haber perdido la capacidad de desenvolverse. También puede ser una decisión preventiva, una forma de comprender patrones que generan sufrimiento o un espacio para desarrollar recursos psicológicos.
Cómo afecta a las relaciones la dificultad para pedir ayuda
Cuando una persona evita sistemáticamente mostrar sus necesidades, quienes la rodean pueden interpretar que todo va bien.
Esto puede generar una paradoja: cuanto más necesita comprensión, menos información proporciona a quienes podrían ofrecérsela.
Distancia emocional en la pareja
La pareja puede percibir que existe malestar, pero encontrarse con respuestas evasivas o insistencias en que no ocurre nada.
Con el tiempo pueden surgir sentimientos de desconexión, frustración o incomprensión.
Amistades poco recíprocas
Algunas personas terminan ocupando siempre el papel de quienes escuchan, organizan y resuelven, sin permitir que los demás conozcan sus dificultades.
Esto no implica necesariamente que sus amistades sean egoístas. En ocasiones, simplemente desconocen que esa persona también necesita acompañamiento.
Agotamiento y resentimiento
Cuando alguien ofrece ayuda constantemente pero nunca expresa sus propias necesidades, puede terminar sintiendo que nadie se preocupa por él.
Esta sensación merece ser atendida, aunque también conviene preguntarse si las personas cercanas han tenido oportunidades reales de conocer lo que necesita.
Soledad incluso estando acompañado
La soledad emocional no depende únicamente del número de relaciones, sino también de la posibilidad de mostrarnos de forma auténtica dentro de ellas.
Podemos estar rodeados de personas y sentirnos profundamente solos si creemos que debemos ocultar cualquier dificultad para conservar su aceptación.
Cómo aprender a pedir ayuda sin sentirte débil
Superar esta dificultad no consiste en eliminar completamente la vergüenza antes de actuar. En muchas ocasiones, el cambio comienza cuando aprendemos a realizar pequeñas conductas de acercamiento a los demás, aunque exista cierta incomodidad.
1. Identifica qué significado atribuyes a necesitar ayuda
La próxima vez que te descubras rechazando apoyo, pregúntate:
- ¿Qué temo que piense la otra persona?
- ¿Qué significaría para mí que alguien descubriera esta dificultad?
- ¿Me juzgaría del mismo modo si fuera un amigo quien necesitara ayuda?
- ¿Estoy protegiendo mi autonomía o intentando evitar sentir vergüenza?
Estas preguntas permiten diferenciar la necesidad real de las interpretaciones que hacemos sobre ella.
2. Cuestiona las reglas rígidas sobre la fortaleza
Muchas personas funcionan con normas internas como «debo poder con todo» o «no debería necesitar a nadie».
En lugar de sustituirlas por afirmaciones positivas poco creíbles, puede ser más útil formular preguntas concretas:
¿Existe alguien capaz de resolver absolutamente todos sus problemas? ¿Admiramos menos a un compañero competente porque pide asesoramiento? ¿Consideramos débil a una persona que solicita atención médica cuando la necesita?
El objetivo no es convencerse de que pedir ayuda siempre es fácil, sino reconocer que la autonomía no exige autosuficiencia absoluta.
3. Empieza con peticiones pequeñas y específicas
Si pedir apoyo genera mucha incomodidad, comenzar por situaciones de baja dificultad puede resultar más manejable.
Por ejemplo:
- Pedir una opinión sobre una decisión cotidiana.
- Solicitar colaboración en una tarea concreta.
- Reconocer ante alguien de confianza que estás teniendo una semana complicada.
- Aceptar un ofrecimiento de ayuda sin justificarte excesivamente.
Después, observa qué ocurrió realmente y compáralo con las consecuencias que habías anticipado.
Es importante elegir personas y contextos razonablemente seguros. La exposición a la vulnerabilidad debe ser gradual y respetar nuestros límites.
4. Aprende a expresar necesidades sin disculparte por tenerlas
Las personas que sienten vergüenza de pedir ayuda suelen introducir sus peticiones con numerosas disculpas:
«Perdona que te moleste, sé que tienes mil cosas, seguramente esto es una tontería, pero…».
Aunque la cortesía es positiva, disculparse repetidamente puede reforzar la idea de que tener necesidades constituye una falta.
Una alternativa más clara sería:
«Me gustaría pedirte ayuda con algo. Entiendo perfectamente si ahora no puedes».
La petición sigue siendo respetuosa, pero no exige que la persona se presente como alguien que está haciendo algo incorrecto.
5. Practica recibir ayuda sin sentir que debes devolverla inmediatamente
En ocasiones, aceptar apoyo genera una necesidad urgente de compensarlo.
La persona puede sentir que ha contraído una deuda emocional y que debe equilibrarla cuanto antes para recuperar su independencia.
Sin embargo, las relaciones saludables admiten periodos de reciprocidad desigual. Hay momentos en los que ayudamos más y otros en los que necesitamos recibir más.
Aprender a decir simplemente «gracias, me ha venido muy bien» puede ser un ejercicio importante para quienes viven cualquier ayuda como una obligación pendiente.
6. Desarrolla una relación más compasiva contigo mismo
La autocompasión no consiste en justificar cualquier conducta, evitar responsabilidades o convencerse de que todo está bien.
Implica reconocer el propio sufrimiento y responder a él sin añadir descalificaciones innecesarias.
En lugar de pensar «soy incapaz por necesitar ayuda», podemos aprender a reconocer: «Estoy atravesando una situación difícil, tengo recursos y también puedo necesitar apoyo».
La investigación sobre autocompasión plantea que la amabilidad hacia uno mismo, el reconocimiento de nuestra humanidad compartida y la atención equilibrada a las emociones constituyen componentes relevantes de una relación psicológica menos autocrítica (Neff, 2003).
7. Acepta que algunas personas pueden decirte que no
Pedir ayuda implica aceptar que la otra persona puede no estar disponible.
Un rechazo puntual no demuestra necesariamente que seamos una carga, que nuestra necesidad sea ilegítima o que la relación carezca de valor.
Aprender a diferenciar un límite ajeno de un juicio sobre nosotros mismos es una parte importante del proceso.
Del mismo modo, respetar nuestra autonomía significa poder decidir qué ayuda aceptamos y cuál no.
Ejercicio práctico: aprender a pedir ayuda en cuatro pasos
Si reconoces este patrón en tu vida, puedes probar un pequeño ejercicio durante los próximos días.
- Identifica una necesidad concreta: algo que te está resultando difícil y en lo que una persona de confianza podría colaborar.
- Escribe tu predicción: qué crees que ocurrirá si pides ayuda y qué sentirás. Por ejemplo: «Pensará que soy irresponsable y me sentiré avergonzado».
- Formula una petición clara: expresa qué necesitas, sin disculpas excesivas y dejando espacio para que la otra persona pueda aceptar o rechazarla.
- Revisa la experiencia: observa lo que sucedió realmente, cómo manejaste la incomodidad y qué aprendiste sobre tus expectativas.
El objetivo no es conseguir que todas las peticiones sean aceptadas. Se trata de ampliar tu capacidad para expresar necesidades sin que la vergüenza decida siempre por ti.
Cuándo la dificultad para pedir ayuda puede convertirse en un problema psicológico
No todas las personas que prefieren resolver sus dificultades de forma independiente necesitan tratamiento psicológico.
La autonomía es saludable cuando existe flexibilidad: podemos desenvolvernos por nuestros propios medios, pero también reconocer cuándo necesitamos colaboración.
Conviene prestar atención a esta dificultad cuando:
- Evitas contar tus problemas incluso a personas de confianza.
- Sientes vergüenza intensa al mostrar tristeza, miedo o inseguridad.
- Rechazas ayuda necesaria aunque eso agrave tu situación.
- Asumes demasiadas responsabilidades porque no sabes delegar.
- Te sientes culpable cuando alguien hace algo por ti.
- Experimentas agotamiento, ansiedad o aislamiento por intentar resolverlo todo solo.
- Te resulta imposible imaginar que alguien pueda apoyarte sin juzgarte.
- Has pospuesto pedir ayuda psicológica a pesar de experimentar un malestar persistente.
Cuando estas dificultades afectan significativamente al bienestar o a las relaciones, puede ser útil explorar qué las está manteniendo.
Cómo puede ayudarte la terapia psicológica online
La terapia psicológica online puede ofrecer un espacio profesional para comprender por qué pedir ayuda despierta tanta incomodidad y desarrollar alternativas más flexibles.
El trabajo terapéutico no consiste en convencerte de que debes depender de otras personas, sino en ayudarte a construir una autonomía compatible con la conexión emocional y la aceptación de tus propias necesidades.
Dependiendo de cada caso, la intervención puede abordar diferentes aspectos:
- Identificación de creencias rígidas: explorar ideas relacionadas con la debilidad, la dependencia y el fracaso personal.
- Trabajo sobre la vergüenza y la autocrítica: aprender a reconocer las emociones sin convertirlas automáticamente en juicios sobre la identidad.
- Análisis de los patrones de evitación: comprender qué situaciones provocan el rechazo de ayuda y qué consecuencias mantienen esa conducta.
- Desarrollo de habilidades de comunicación: expresar necesidades, formular peticiones y establecer límites de forma asertiva.
- Revisión de experiencias relacionales: identificar cuándo la dificultad para confiar se relaciona con aprendizajes o experiencias anteriores.
- Práctica de conductas nuevas: aprender gradualmente a compartir dificultades y aceptar apoyo en contextos adecuados.
La modalidad online facilita el acceso a la intervención desde un entorno elegido por la propia persona, aunque la idoneidad de este formato debe valorarse según sus necesidades y circunstancias.
En ocasiones, iniciar terapia también puede generar vergüenza. Esta reacción puede abordarse dentro del propio proceso: no es necesario saber expresar perfectamente lo que ocurre ni sentirse cómodo hablando de las emociones desde la primera sesión.
Preguntas frecuentes sobre la vergüenza de necesitar ayuda
¿Por qué me da vergüenza pedir ayuda aunque la necesite?
Puede deberse a la creencia de que necesitar apoyo significa ser débil, incompetente o una carga. También influyen experiencias previas de rechazo, patrones de autoexigencia y normas aprendidas sobre independencia. Comprender qué significado tiene para ti pedir ayuda es un primer paso para cambiar esta relación.
¿Es normal sentir que molesto cuando pido algo?
Sí, es una experiencia relativamente común. Sin embargo, sentir que molestas no demuestra necesariamente que estés molestando. Conviene distinguir entre una petición razonable, que permite al otro decidir, y una exigencia que no respeta sus límites.
¿Por qué puedo ayudar a todos, pero no dejar que me ayuden?
Porque ayudar y recibir ayuda pueden tener significados emocionales diferentes. Ayudar puede reforzar la sensación de competencia, mientras que recibir apoyo puede activar miedo a depender, perder el control o mostrarse vulnerable.
¿Pedir ayuda significa ser emocionalmente dependiente?
No. La dependencia emocional problemática y la búsqueda saludable de apoyo son fenómenos distintos. Poder pedir ayuda, aceptar un rechazo y mantener la capacidad de tomar decisiones propias forma parte de una autonomía flexible.
¿Cómo puedo pedir ayuda sin sentirme una carga?
Comienza por expresar necesidades concretas a personas de confianza, sin anticipar automáticamente que serán rechazadas. Formula peticiones claras, respeta los límites ajenos y observa si la respuesta real coincide con tus expectativas negativas.
¿Debería ir al psicólogo si me cuesta pedir ayuda?
No necesariamente. Pero si esta dificultad provoca aislamiento, ansiedad, agotamiento, problemas de pareja o sufrimiento persistente, la terapia psicológica puede ayudarte a comprender sus causas y desarrollar estrategias más adaptativas.
Necesitar ayuda no disminuye tu valor
Tal vez hayas pasado años siendo la persona que resuelve, que sostiene, que escucha y que nunca parece necesitar nada.
Quizá los demás te describen como alguien fuerte, independiente y capaz. Y probablemente esas cualidades formen parte de ti.
Pero ser competente no significa ser invulnerable. Ser responsable no exige asumir todas las cargas. Y tener recursos personales no elimina la necesidad de compartir, descansar o recibir acompañamiento.
Hay una diferencia importante entre aprender a sostenerse y convencerse de que nunca se puede necesitar a nadie.
La primera capacidad favorece nuestra autonomía. La segunda puede alejarnos de las relaciones que también contribuyen a nuestro bienestar.
No tenemos que demostrar constantemente que podemos con todo para merecer comprensión, respeto o afecto.
Reconocer una necesidad no significa renunciar a nuestra fortaleza. Significa aceptar una realidad que compartimos con los demás: nuestras capacidades son valiosas, pero no ilimitadas.
Y, en ocasiones, aprender a recibir ayuda es precisamente lo que permite dejar de vivir bajo la obligación de ser siempre fuertes.
En Mentecita podemos ayudarte
Si te cuesta mostrarte vulnerable, pedir apoyo o reconocer que estás atravesando un momento difícil, en Mentecita puedes encontrar un espacio de terapia psicológica online donde explorar estas dificultades sin tener que justificar constantemente lo que sientes.
Trabajamos para ayudarte a comprender tus patrones emocionales, reducir la autocrítica y construir relaciones en las que puedas expresar tus necesidades de una forma más libre y equilibrada.
No necesitas tener todas las respuestas antes de empezar un proceso terapéutico.
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Referencias bibliográficas
- Clement, S., Schauman, O., Graham, T., Maggioni, F., Evans-Lacko, S., Bezborodovs, N., Morgan, C., Rüsch, N., Brown, J. S. L., & Thornicroft, G. (2015). What is the impact of mental health-related stigma on help-seeking? A systematic review of quantitative and qualitative studies. Psychological Medicine, 45(1), 11–27. https://doi.org/10.1017/S0033291714000129
- Neff, K. D. (2003). Self-compassion: An alternative conceptualization of a healthy attitude toward oneself. Self and Identity, 2(2), 85–101. https://doi.org/10.1080/15298860309032
- Vogel, D. L., Wade, N. G., & Haake, S. (2006). Measuring the self-stigma associated with seeking psychological help. Journal of Counseling Psychology, 53(3), 325–337. https://doi.org/10.1037/0022-0167.53.3.325
